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La acordeonista, pequeña prosa [propio]

       Todos corrían, desesperaban, amargaban, prorrumpiendo quejas pueriles y ocultándose como criaturas discordantes y enfurecidas por el repentino llanto del cielo ceniciento. Yo avanzaba igual de veloz, corría a través de los energúmenos y frenéticos que se dirigían a sus reuniones hipócritas en las que el atuendo de la presencia vale más que el tiempo que se muere tan ingratamente por cosas tan vanas: dogma de los tarados, ¡pobre tiempo!; pero yo corría, y seguía corriendo, en otra dirección, a través, por entre, ¡sobre ellos!, porque la acordeonista, vestida toda de amarillo y de matices dispuestos a mi poesía como la mismísima flor aldiza, estaba guardando para mí sus compases que embelesan inexorablemente todo mi ser en un absoluto sentido inenarrable, en alguno de los extremos de la infinita ciudad.        
       Tan relegado había estado nuestro encuentro, que la sola idea de un desencuentro cortaba de un solo arañazo todos los hilos de la cordura, ¡tan alegre el clima, tan alegre la música y tan mojada y sola ella! ¡Y de amarillo! Quizás se trasluciría su ropa, ya cerca de las postrimerías de su paciencia, y algún infeliz achispado se la llevaría con pretextos de acaudalado, y yo corriendo en vano, porque me dejaría aquí, en la infinita ciudad, en vísperas del crepúsculo, cuando los faroles se ponen alegres, para iluminar nuestro ritmo inmortal, nuestros rostros, y su andar risueño de diosa del acordeón.  
       ¡Qué cosas tan disonantes estaba pensando de una mademoiselle tan única!; terribles y erróneos son los pensamientos de la desesperación exacerbada por el latir acelerado del corazón preocupado, porque allí estaba su presencia redentora e inexpugnable: tocando el instrumento que el mundo armó exclusivamente para que sus blancas y filosas manos, de ecuánimes movimientos ligeros y sosegados, pudiesen expresar lo que jamás pudo decir, porque nadie se lo había pedido antes. Lana amarilla, prendas celestes y pendientes plateados, cabellos color avellana, pestañas naturalmente rizadas y humedecida por el milagro que echó a todos de la gran plaza, ya en la noche, y con los faroles de compañía. Me había esperado toda la mañana, toda la tarde, cerca de la crema y los aromas del café: la acordeonista. 

La pluie [propio]

Bonjour, pluie, pluie, descríbete a ti misma
como la maravilla que eres,
¡te regalo algunas palabras!
que no sé si alcanzarán
para pintarrajear tus marcadas
y únicas —solo tuyas, tuyas, tuyas—
notas en allegro de mil quilates,
que chocan con ímpetu 
sobre los rostros 
de quienes no sabrían oírte,
por los insignificantes y fétidos
corazones que cargan muertos
en sus carbonizados pechos.

Otras notas, más andantes,
que hacen magna e inexpugnable ,
a pesar de cualquier penitencia,
martirio o fuerte angustia ,
tu presencia divina y privilegiada
para mí, para toda la Tierra,
que miro con profundo celo, porque: 
qué más que oírte solo yo
sería el más intenso, extenso e inenarrable placer,
pluie, pluie. 

Tus notas en adagio, de un trillón de quilates,
me encuentran sin demora;
y de verse ocurrido
tu diluvio sempiterno,
nunca me importaría nada,
nada, nada, nada
sobre lo que ellos dicen
ellos hacen
ellos piensan,
a ellos les incomode,
a ellos les importe,
porque es todo para nosotros,
pluie, pluie.

Quédate, y expresa
todo, todo, ¡todo!

lo que quieras expresarme
a mí, y al incrédulo mundo que nos rodea
que sí cree saber con certeza 
que todo es un desvarío demoníaco
poético y sonoro,
cometiendo bestiales errores
que les carcomen la cabeza
atestada de cenizas— 
exprésate hermosa, armoniosa y dulce,
intensa, serena, única
y todo aquel epíteto creado
para tu aguacero de piedras preciosas,
e impregna aquel aroma petricor que auxilia
a convalecer con íntegra eficacia 
el desamparo de los recónditos matices solferinos
del ánima que cargo,
pluie, pluie.

Hazme dormir en paz esta noche,
y despiértame mañana,
con más amour que ayer, 
tú, lluvia, lluvia,
que yo también lo haré.

Bonne nuit, pluie, pluie.

Dime [propio]

Dime, dime que no me equivoco
al apreciar tanto
el delicadísimo matiz del alma.
Dime, dime que no me equivoco
al susurrar tanto
al corazón y su halo de fúlgida luz de vida,
tierna, tierna vida.
Dime, dime que no me equivoco
al proferir tantos versos
de valor infinitesimal
para los que no los pueden sentir,
como sí puede quien trae impregnado
hasta en la fragancia de la piel,
en la memoria escurridiza
y en las lágrimas de sal
el poemario de la verdadera belleza
del dulce universo secreto,
que se lee en los pétalos misteriosos
de un campo que no se deja ver
sino es con lo más profundo del alma.

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